Tenía miedo de su escritura. Las palabras oníricas se le escurrían entre los dedos mientras el humo del cigarrillo le teñía las uñas. Tenía terror, como el personaje del radiólogo en su última novela cuando descubre el útero de su mujer embalsamado dentro de una almohada, de que Todos los santos padres no tuviera el éxito desgarrador que tuvo La espera. Relatos de alquimia, libro de cuentos transicional según ella, había hecho números aceptables pero no la ayudó a cambiar el auto y eso era toda una tragedia. Se preguntaba Ofelia por qué Dios, su padre que no se parecía en nada a Polonio, la maestra de cuarto grado o el catequista, todos parte de la misma condena dentro del infierno del Dante, le habían ejercitado el don divino del talento tan solo para condenarla a la comparación inconfesable y a contar billetes. Pero qué hermosos los cara chica, pensaba. Entre los flashes de las cámaras que no la dejaban salir de su casa sin toser, un juicio intrusivo, como un asesino descubierto por Mario Conde, le ponía el cuchillo en el cuello: “¿sos realmente tan buena? Mirá ese rostro, decí la verdad, te sentís Cass, la chica más guapa de la ciudad, te querés tajear la nariz con tal de que dejen de hablar del color de tu pelo o de a quién te estás cogiendo. Te enerva que ese sea el primer punto de contacto y que recién después venga la destreza, la niña secuestrada en la cabaña en el bosque y “contanos cómo fue ese proceso narrativo”. Vomitás pensando en que tu rostro fue la puerta de entrada a una trascendencia que hoy te esclaviza”. Fin de los flashes. Apaga el pucho y entre lágrimas sube al auto justo antes que su chofer
- Carlos.
- Señora.
- Todos los santos padres va a ser best-seller. Y vos vas a tener un bono a fin de año para comprarle el anillo a Sara.
- Sí, señora.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario