martes, 2 de enero de 2018

Casi

 "Los pibes que en la esquina inventan soluciones...", empieza a escribir Carlos con el sonido de la canilla goteando de fondo. La casa huele a humedad. Apoya el cigarrillo en el cenicero y contempla la pantalla, el cursor titilando. Achina los ojos. El cansancio le nubla la vista y el juicio crítico. Cree que el último párrafo es lo mejor que ha escrito en años cuando en realidad apenas se acerca a la perfección narrativa de sus dos novelas anteriores. "Va a vender", dice en voz alta mientras se sirve lo que queda de cerveza en una taza blanca con el logo de Batman. Acto seguido se dirige con paso y firme seguro al baño. Contempla fijamente el inodoro, se arrodilla y vomita durante unos veinte o treinta segundos. Cuando se siente satisfecho, vuelve a su silla, a la computadora, a la taza, al cigarrillo casi consumido.
 "María sentía que todo aquel teatro del barrio sombrío era burdo, cruel...". Borra. "María intuía que toda esa farsa...". Vuelve a borrar. Apaga la computadora y la guarda en una caja atrás del bidet, costumbre adueñada desde que le desvalijaron la casa. Carlos repasó los libros de su biblioteca uno por uno frustrado, aunque no quería asumirse como tal, vencido por el infortunio de ser parte del vacío que implica la profesión. Decenas y decenas de autores que lograron el auge de su popularidad después de muertos, o ya muy viejos como para dimensionar el alcance de su obra. "Ma que profesión ni profesión", piensa, "esto es casi siempre pura suerte". Casi. Y ese "casi" era lo que le obnubilaba el juicio, lo que le hacía bajar Clonazepam con vino blanco dos veces por semana, lo que lo sumía en la más intensa de las encrucijadas: la de seguir viviendo este trabajo mental o suplicarle al miedo que lo reciba, abrirle los brazos como a un viejo amigo.
 Abrió la agenda buscando el teléfono de Ediciones Material, la editorial que publicó sus dos novelas y recordó el tono de voz musical de la recepcionista. "Claro, señor Picardi, aguarde aquí un momento, por favor". En ella podía ver la mirada perdida de María, su personaje en construcción. María por María Iribarne, de El Túnel, muerta en manos de Juan Pablo Castel. Porque Carlos nunca supo desprenderse de los referentes literarios que lo hicieron escribir; lo unía a ellos una fuerza extraña guiada por el olvido repentino de sus padres y la incapacidad de autoaceptación. Necesitaba tenerlos presentes para no sentirse solo, por eso imaginaba que ellos le aplaudían el sentido homenaje, escribían los prólogos de sus libros, enviaban cartas de felicitación a las revistas, escribían reseñas en páginas de Internet, se reunían en el Café Tortoni sin invitarlo únicamente para no agobiarlo ante tamañas muestras de admiración y respeto. Luego abría los ojos y se veía otra vez frente a la biblioteca, lejos del éxito que tanto pulía en su cabeza, con el murmullo del ventilador de techo colmando todo el aire y los ladridos secos del perro del almacenero.
 Debía un mes de alquiler y pensó que quizás haber renunciado a su trabajo no había sido la idea más brillante de su vida, más si tenía en cuenta que volver a conseguir uno le costaría horrores. En ese momento, con todo en un veremos torturante, enredado y sofocado en el silencio de su monoambiente de planta baja, estaba tentando al mismo demonio. Se obligó a volver a prender la computadora. Imaginó que para volver todo más trillado aún, dentro del caos mismo de lo real, debería volver escritora frustrada a María. Pero no. Porque buscaba una distancia con la frustración constante, se rehusaba a asumir esa idea, entonces no podía cargarle a un personaje el peso de representar tal concepto sólo para alejarlo de sus hombros y ahuyentar al posible fantasma. Además de todo, y a pesar de ello de cualquier forma, ¿de qué hablan las novelas hoy en día? ¿Cómo se logra captar la atención popular? Subidos al tren de lo efímero, fácil, breve y etéreo, ¿de qué forma construir puentes entre mensaje y destinatario dignos de ser transitados?
 "No quiero ser la burla de un planeta solitario, ni el cliché perdido en las páginas de un drama contemporáneo, quiero dejar la marca de lo que supe ser para invitar a otros a ser para siempre", escribió. Eso estaba bien. Regular, si pensaba que había empezado a intentar redondear el primer capítulo hace tres semanas.  Todavía no podía definir qué o cómo era María, ni cómo se relacionaba ella más allá de lo geográfico con "los pibes", sus vecinos, quienes no hacían más que decorar el paisaje del barrio. Era una historia sin pies ni cabeza, o con muchos de ellos sin definir, historia que ni siquiera sabía por qué empezó. "Las vacas flojas" estaba dedicada a su ex mujer y "El pesar del tiempo" a episodios de su ex trabajo, con amores fallidos y accidentes automovilísticos. "Accidentes, ja", exclamó en voz alta, empujando la silla de ruedas hasta el balcón. "Esta novela debe ser una bandera de lucha contra lo trillado del sufrimiento, un canto al humor negro, el puño en alto de la revelación superadora, sin pedantería ni testimonios rimbombantes, una novela que busque la verdadera libertad", pensó Carlos. Y también pensó en escribirlo, que lo declare María con sus ojos de silencio, pero justo se le cayó la taza de Batman y se partió en mil pedazos, al tiempo que el perro ladraba de nuevo y sonaba el teléfono; se atrevía a sonar siendo que lo había dejado muy lejos de donde estaba para llegar a atender a tiempo, entonces Carlos lloró. Se permitió quebrar después de tantos años de acunar en su alma el abandono, la eterna esperanza de un mañana mejor, el cambalache a destiempo de la soledad y el traqueteo constante de su propia exigencia.
 Tal vez María era como él, y se negaba a nacer de nuevo. Por eso se mostraba tan reacia a construirse y a cada párrafo se difuminaba entre las letras. Carlos quiso abrazarla y hacerle saber que todo iba a estar bien, que aquello no era un fracaso porque no existe tal cosa, para él ni para nadie, que la presión de existir sólo coexiste en su cabeza y que todas las novelas náufragas de sentido triunfan en el mar de los pocos.
 Y de repente la cerveza tibia que le pegó de más empezó a darle vueltas las paredes, también ausentes de palabras, que lo acompañaban a dormir la siesta diaria encima del teclado. En silencio. Casi vivo.