"El calor de un recuerdo tirita sobre mis rodillas", escribió Juliana. "Ahora juego a ser Isabel Allende", pensó. Sólo escribía. Tantos murmullos amontonados le hacían confundir las letras, aunque todavía tenía en la cabeza el silencio de la sala del espera del sanatorio. Tachaba una y otra vez. Miró desganada el reloj de la estación y rápidamente desvió la vista, como si aquella sensación de pesadez por el paso de la agujas le molestara en los hombros.
Un señor alto y barbudo se acercó para preguntarle la hora, pero la joven entendió en su rostro otra intención.
- Las horas son inútiles - contestó tajante, para después volver a su cuaderno y darse cuenta de que había escrito la misma oración dos veces. Tachó con furia.
- ¿Certeza o metodología de rechazo? - escuchó.
La mirada fulminante que le lanzó la joven fue respondida por la cordial invitación a un cigarrillo.
- No fumo.
- Hacés bien - respondió el traje negro, y se esfumó.
La muchacha observaba los garabatos sobre su hoja y se sentía divina, como si los dioses le indicaran que ese debía ser el largo camino de la locura, más perfecto que cualquier otro.
Cuando por fin divisó el tren en el horizonte, Juliana suspiró. Tomó su obra de arte y, eligiendo la puerta, se dirigió al asiento más cercano.
Luego de un largo rato observando cómo un niño pequeño trataba de atar el hilo de un globo a la manija de una ventanilla, la joven volvió a garabatear. Esa "tormenta de ideas", más bien parecida a un huracán, se mezclaba con el blanco y las imperfectas curvas... Dos señoras quebraron el silencio que invadía el vagón.
- Mi marido se fue hace cuatro meses a la casa de su hermano, en España. Me está preocupando. No responde mis cartas. Voy a enloquecer, Juana.
- Tranquila, Marta, ya va a llegar la respuesta.
- ¿A vos te parece?
- Paciencia, mujer. No te hagas mala sangre, mirá, que suficiente tenemos con este país de morondanga.
Las dos voltearon hacia Juliana, al sentir cada vez más fuertes los rayones de lapicera. La miraron con cierta reprobación y continuaron conversando.
Tres estaciones después, una brisa de otoño empapó la cara de nuestra escritora frustrada con fuertes sentimientos. La simple belleza del aire limpio le traía ganas de transportarse a esas inevitables épocas en las que no sabemos dónde ni por qué somos felices pero sentimos mejor, sentimos con el cuerpo que acompaña un ímpetu delirante. Decidió sentarse en el pasto de una plaza. Intentó varias veces terminar lo que había empezado a escribir, fallando cada vez con más torpeza. Se enojó con su inocencia y con el paisaje que la rodeaba. De repente nada podía ser bueno en el mundo. El pasto era muy fresco, los bancos muy cuadrados, los perros muy pequeños, los niños muy gritones, sus padres muy ausentes, la ciudad tan llena de furia. Se miró el esmalte saltado de las uñas y con impoluta determinación las enterró en la tierra, mientras se reía a carcajadas del poco sentido que tenía buscarle sentido a los actos porque mañana sólo son recuerdo. "Estúpida, tibia, pretenciosa Juliana", se espetó. La calesita de su vida giraba en torno a la involuntaria repulsión que le generaba reírse, un acto tan simple y crítico. "Una perfecta salud, perfecta", repetía mientras giraba los dedos instintivamente, hundiéndolos sin pausa. Cuando se aburrió de aburrirse y el desencanto se trasnformó en resignación, se levantó. Caminando a paso firme tomó de su bolsillo el sobre con los resultados del análisis y lo tiró a la basura. Entró en un "estado alfa" sensorial y un blanco grisáceo le invadió el pecho sin permitirle recordar absolutamente nada de lo que podría extrañar. Cuando maldecimos una certeza sin atrevernos a enfrentarla es porque así lo valen las penas. Segundos después la distrajo el grito de un vendedor de garrapiñadas. Estaba oscureciendo. Seguramente habría una fila de curiosos en la puerta de su departamento ensayando algunas palabras esperanzadoras.
Juliana tomó un colectivo que la alejó del desgano y fugándose del mundo despertó en ninguna parte.
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