Sin embargo, y a pesar de que en Lobosuelto las ilusiones de un dato innegable resisten como acero inoxidable, es necesario repasar qué es lo claro de esta Casa hasta el día de hoy. Las imágenes recolectadas son difusas: pueden haberse tomado en cualquier otro hogar. No hay fechas escritas al dorso de los pocos ejemplares originales que Lucía ha accedido mostrarle a la prensa. No se reconocen rostros y lo que podría ser una sesión de tortura-ritual, luego de unos minutos de observación se convierte en una danza de manchas luminosas, abierta a más de una interpretación. Sobremonte no tiene fotografías de sus parientes ni manera de comprobar que realmente lo fueron. La mujer cuenta que su vieja casa se incendió hace ya 20 años y lo perdió casi todo. Ningún vecino puede afirmar o desmentir sus dichos. Expertos en linguística y redacción del Departamento de Investigaciones de la Policía Federal han declarado que los pergaminos recopilados en "Mitos de piedra" sufrieron modificaciones, a veces hasta de párrafos enteros, por parte del autor. "El tiempo borroneó algunas páginas, siendo imposible transcribirlas textualmente, por lo que decidí recurrir a mi sentido común y rellenar espacios en blanco", confesó Rosas tiempo después de la publicación de su libro. Así, lo que podría haber sido un esclarecimiento suficiente para contentar al barrio y sus alrededores se convirtió en otro cómico dogma de la niebla que rodea esta historia. Las víctimas que relatan los archivos nunca fueron denunciadas como desaparecidas, y sus cuerpos jamás fueron encontrados en los lugares especificados. No obstante, las ubicaciones de los mismos tiene una particularidad: se cuentan en un lenguaje desconocido, con palabras escritas al revés, otras en latín y castellano antiguo -aunque con letras de más colocadas aleatoriamente-, abreviaciones, números y signos de puntuación. El Departamento de Grafología Forense de la Nación logró descifrar el código de escritura, pero Sobremonte argumenta que algunos significados son ambiguos, otros demasiado dolorosos como para ser comprendidos, o sencillamente se podría haber cambiado la metodología de interpretación con el correr del texto, a fin de despistar e intrigar aún más a los curiosos. Por otra parte, declara la anciana, las víctimas no fueron denunciadas porque "sus padres tenían causas policiales de abuso de drogas, además el miedo dominaba sus acciones al pensar en esa Casa". La niebla incongruente de nuestro relato se vuelve tan espesa que sólo atisba a aumentar la intensidad de las inciertas charlas en los asados de domingo.
Micaela, con 5 años y cientos de rulos, paseaba con su bicicleta por la calle Palos Verdes. Decidió desviarse del camino a la casa de su abuela sólo para disfrutar el fresco de las sombras en las calles internas, acompañada por el crujido de las hojas otoñales contra las ruedas. Escuchó gritos que venían de una vieja residencia abandonada. La pequeña estaba lista para acudir al rescate de quien sea que estuviese en peligro, pero justo antes de pisar el umbral sintió una extraña presencia que la paralizó unos instantes. La niña reaccionó y huyó despavorida hasta el vehículo para llegar lo más pronto posible al encuentro de su abuela Lucía. Ella supo de inmediato que un testimonio joven le daría el toque de veracidad que le hacía falta a esta investigación, ajada por la impostura de los envidiosos y su cizaña. Sabía que era sólo otro juego en la rifa de la esperanza que se sorteaba todos los días, desgatando a una localidad podrida por la impaciencia.
De todas formas, si a Lucía Sobremonte le creían o no todos los interesados, aficionados, investigadores más o menos serios, deductivos de fin de semana o para-psicólogos fabuladores, eso no modificaba su presente: seguía siendo la dueña del único hotel en Lobosuelto, hospedaje de cientos de turistas que ansían conocer La Casa de Piedra cada año.
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