Ella pensaba en cómo serían esas emociones distantes pero anheladas, unas largas lagartijas, extensas como laberintos. Era indispensable despreciar lo popular, aborrecer lo cotidiano, alejarse de la pasión. No tenía nombre ni historia pero sí una soberbia cultural estimulante, un abanico de reconocimientos. Este avión de soberbia cultural volvía afortunada a esta pobre infeliz.
Cuando ella dormía le gustaba fingir que el ruido de los coches no la molestaba y en vigilia esbozaba una sonrisa generada por las ansias de sentirse observada, aunque todo aquello fuera producto de su incertidumbre. Por momentos el anonimato no existía y el pecho se le achicaba con tinte agresivo, repentino. La perseguía un misterio que la atrapaba buscando respuestas en un torturante silencio. Sin embargo sabía apropiarse de las horas más tremendas y convertirlas en ese balcón supremo junto a Dios con el que observaba al resto de los simples mortales.
Cuando ella dormía le gustaba fingir que el ruido de los coches no la molestaba y en vigilia esbozaba una sonrisa generada por las ansias de sentirse observada, aunque todo aquello fuera producto de su incertidumbre. Por momentos el anonimato no existía y el pecho se le achicaba con tinte agresivo, repentino. La perseguía un misterio que la atrapaba buscando respuestas en un torturante silencio. Sin embargo sabía apropiarse de las horas más tremendas y convertirlas en ese balcón supremo junto a Dios con el que observaba al resto de los simples mortales.
Ella tenía una o dos virtudes pero cuando sonreía eran mil.
Este fantasma femenino se adueñaba de los libros con una motivación visceral pero siempre pulcra, pudorosa. En sus sobresalientes óleos siempre importaban las formas, la técnica, la combinación de colores, el toque final. Ella tenía ideas breves y maravillosas.
Un detalle sobre su apabullante vida era que las manías solitarias -todas ellas- le consumían el orgullo, la obligaban a mentir para no trastabillar. Una, dos, tres veces comprobaba haber cerrado la puerta con llave. Amaba en secreto el caos mientras presumía su inocuidad.
Un detalle sobre su apabullante vida era que las manías solitarias -todas ellas- le consumían el orgullo, la obligaban a mentir para no trastabillar. Una, dos, tres veces comprobaba haber cerrado la puerta con llave. Amaba en secreto el caos mientras presumía su inocuidad.
La mujer escribía música, que era lo único que sabía escribir. Composiciones de largas manos que buscaban convertirse en extensiones de su propio cuerpo eran el reflejo de un vacío inexorable sentado al piano. En otras palabras, ser sencilla se volvía repulsivo porque componer la convertía en exclusiva entonces todos los aspectos de su vida se transfiguraban en una gran partitura. Ser ella la mostraba diferente. Una combinación de rigidez y flexibilidad en dosis cuantificables hacían que la intención sea siempre reconocible en cada obra pero que esto no bloqueara la posibilidad de modificar sus contornos. Preocupada por la preocupación misma, día y noche practicaba con la tenacidad del desguarnecido hasta que le sangraban los ojos, temblaban las piernas, cantaban los dedos. Todo era lineal, paso por paso. Repetía repeticiones. Practicaba prácticas. Era un tenaz dejavú, la redundancia del porfiado.
Ella estaba tan segura de tenerlo todo y tenía tanto miedo de perderlo en un descuido que un día renunció a ser un anónimo. Ese martes por la mañana se dio cuenta de que lo que realmente quería era un nombre, amigos, estimación. La venció el rebaño. Por la tarde ella se llamaba Abigail, tenía 25 años y la gente la invitaba a sus fiestas. Con el tiempo dejó de foguearse en el asunto de la música y las composiciones. Lo que antes era obstinación devino en hobby, en tardes de cumpleaños, en conversaciones sobre el pasado. Abigail era una burda caricatura de ella, a quien había cuidado con una escrupulosidad implacable hasta que el humo de la aceptación la arrolló, la despedazó construyendo en su lugar al montón, al emplazamiento común, a lo revelado. Abigail al fin de cuentas no era otra cosa que una mujer asquerosamente feliz.
Dicen los que saben que no saben nada de esta joven pero que por las noches deja caer lágrimas de ausencia y en sueños abraza con inmensa nostalgia a la única que supo rescatarla del mundo.
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