martes, 1 de julio de 2014

Manuel

 Cuando Manuel tenía pesadillas y despertaba sobresaltado, se sentaba al borde de la cama esperando que la paz le arrancara los sollozos. Pensaba en jardines de algodón, en cachorros durmiendo la siesta, en canciones de cuna. Murmuraba rimas que aprendía en la escuela y todo el tiempo rogaba que el monstruo no volviera. Se aferraba a su tranquilidad segundo a segundo temiendo perderla, extrañándola por anticipado. De pronto el silencio reinaba en la casa, llenaba cada metro de la habitación quitándole el oxígeno, volviéndolo indefenso. Entonces escuchaba los pasos...
  Por arte de magia el pequeño cerraba los ojos para convertirse en estrella fugaz, en superhéroe de historietas y desaparecía. Atravesaba los verdes campos de un país lejano inundado por el olor a chocolate caliente, a caramelos de menta, a tardes de plaza y tobogán. Aterrizaba rodando, riendo, soñando. Encontraba su pelota favorita y contaba los jueguitos con una concentración envidiable. Pateaba al arco, abrazaba a sus amigos que aparecían desde el atardecer revoleando camisetas. Se escuchaba de fondo la música de una esperanza indescriptible que resonaba en los oídos del joven una y otra vez. No le costaba ser niño, asumir que toda la vida lo esperaba en un pase-gol, en el sol que le achinaba los ojos, en la sonrisa de su madre. Pensó que no sería tan malo contarle a ella sobre estas realidades oníricas, porque cada vez le costaba más convencerse de su plenitud. Era el ti-tac de las culpas lo que lo traía nuevamente al desconsuelo, al desarraigo de sentir que somos solos en el mundo y por eso nos cuesta tanto respirar sin pensar, pestañear con las alas, amar con el cuerpo. "¿Será imposible vivir sin esperar?", se preguntaba un Manuelito transpirado, vaciado y rellenado de silencio, abandonado en una caja de pequeños recuerdos. 
 Mientras la soledad de su cuarto volvía a ser la de siempre el niño respiró hondo y miró a su muñeco, quien sostenía su misma mirada. Le contó con una complicidad compañera que al día siguiente a primera hora hablaría con mamá Estela, seguro de que si no evitaba más la angustia esas escapadas no serían forzosas nunca más y le abrirían las puertas y las ventanas a un existir tranquilo. Este pequeño sufrido del amor se consoló pensando que es difícil ser valiente. Rendido, se abrazó a su almohada que llorando lo arropaba y le contaba un cuento sin fin. 

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