lunes, 28 de julio de 2014

Obstinación en sepia

 La breve historia empieza gracias a un dejavú que ocupa el infinito sin descanso.
 Una mujer sentada a la sombra de un ombú sueña que el fin del amor no huela a desgracia. Escribe:


 Esa sonrisa se agranda, se deforma, se transfigura, se vuelve palabras baratas, desaparece. Tengo el bosquejo de un recuerdo atravesado entre los párpados y no puedo dormir aunque nunca puedo, aunque nunca quiero. Estoy odiando diariamente al deseo que insiste en volverse realidad porque es obstinación en sepia. Los intentos son espejismos de un espíritu valiente difícil de encontrar donde la duda y el desgano presentan batalla. ¿Cuál es el comienzo del final? ¿En qué extremos se cruzan el entusiasmo y la resignación? Si fuera tan fácil hablar, si desnudarse al filo del abismo no tuviera inexorables consecuencias, si descubriéramos el hilo que ata nuestros pies...
 Un día decidí enfrentarlo y confesar. Saberme libre de culpas que no existen y discursear. Decirle que es ridículo sentirme tan ridícula con su presencia, que no es justo tener que pensar tres millones de veces qué podría pasar si pasara algo, que la vida tiene muchas oportunidades y su sonrisa es sólo una entre tantas, que no tiene por qué mirarme sinténdose especial mientras mis manos buscan extrañas formas de quedarse quietas. Esa noche en el bar fue cualquier otra, no hubo anécdotas, no hubo aludes de alcohol, solamente silencios entrecortados que fingían prudencia. Lo escupí y rogando que estuviera pensando en huir de mí lo besé, sonriendo. Le medí los ojos para convertirme brevemente en una mujer que sólo piensa en suspirar, en navegar esperanza. Una mezcla de párrafos, luces del norte, colores grisáceos y nostalgia en pausa me llenaron la impaciencia de preguntas que pronto fueron reminiscencia. Me levanté y dejé atrás esa silla vacía sin animarme a voltear, pensando que tal vez mañana sería finalmente otro día, sin métaforas ni finales felices.
 Cuando el mar golpea la orilla de una playa tibia es tiempo de respirar para mí. Ese mar infinito que era su incertidumbre terminó por golpearme el rostro con una velocidad implacable. Repito la misma canción una y otra vez en mi cabeza esperando que se canse, casi siempre sin éxito. Palpando y remendando las frustraciones de un futuro a medias intento escribir porque me salva de la peor de las muertes, la que nos deja a la deriva de nuestros propios pensamientos.
 Le pedí que se extinguiera y aún se resiste. Cederá más temprano que tarde y entonces entenderé que no hace falta esforzarse para perder los estribos.

 La mujer se levanta y camina hasta un puesto de diarios. Pregunta dónde puede encontrar un locutorio. Luego de varias indicaciones confusas lograr llegar al lugar y entra en la cabina 4. Temblando, llama. Lo escucha. 
 La breve historia empieza gracias a un dejavú...

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