miércoles, 30 de julio de 2014

Obstinación en sepia II

 Cuando para la mujer finalmente fue otro día se dio cuenta de que no podía dejar de escribir porque era disparar contra la desdicha que la asediaba cada vez que el mundo escupía la furia de un sinsentido acartonado y predecible. El mismo árbol la refugió del olvido.


 Urge capitular los momentos de este divagar. Impera la necesidad de ordenar sensaciones en secuencias razonables para entenderlas más allá de todo karma. ¿Dónde estás cuando no estás? No puedo disfrutar si no sé, si no entiendo. No quiero personificarte, lo abstracto es siempre más específico. Es que vos tan en la superficie y yo tan a la deriva, tan repletos de besos que no vemos si nos corre el horizonte. Mirando aunque no quede nada por mirar, aprovechando los roces pero lamentando los silencios. O con eso hipotetiza mi perspectiva. Con qué sería, sino expectativa.
 Me creo tanto menos que no puedo ser mucho más. Indudablemente me esfuerzo en la caída, revuelvo bolsas de palabras que no aparecen con tal de no perder dos minutos de tu atención, que últimamente los siento mil años. No entiendo nada más que las mordidas de este deseo. Lo analizo por los dos y tengo tanto miedo de perder algo que tal vez nunca exista... Esa es la epifanía. ¿Por qué carajo pienso con los pies?
 Es tarde en la linea temporal de mi raciocinio, no puedo retrocederla. No puedo frenar lo que no quiero que se detenga. Ni siquiera estoy segura de que los naufragios implícitos en estas líneas sean suficientes como para expresar que no hubo mejor expresión para mí que su sonrisa.
 Mirame y seguí pensando que soy muy normal al fin y al cabo, que no querés decir nada para no herirme pero que en realidad notás mi entusiasmo, que todo esto es una extención de lo falsamente inevitable. Dame la espalda con la indiferencia del soberbio y pateame hasta que sangre, hasta que duela más que el dolor mismo. Inventame un argumento tan convincente que no necesite ser desarrollado, transforma tus ojos en niebla y esfumate. Pero no te quedes para siempre en la fábula, no construyas sobre arenas movedizas, no me abraces con los codos. 
 Un día entendí que la inacción significa lo que nosotros creemos que representa. Elijo darle nombre, lugar, interés, tiempo y una derrota tan muda que escribe un final de ciencia ficción, con moralejas reales. Ojalá pudiera abrazar el optimismo sin tapujos y rendirme como el que se sabe vencido por la realidad, como el que busca salir a flote. En cambio tengo esta rabia sólo controlable con una tristeza impoluta. La humorada en el asunto de perder está a la vista, es una parodia de mi propia vida. Soplan vientos de cambio y esta vez prefiero andar abrigada.


No habia puesto de diarios, teléfonos ni voces lejanas. Solamente la calle, que la invitaba a disfrazarse del color de los valientes, entendía su frustración. Oh, Buenos Aires, consuelo venenoso del taciturno.
 La mujer dio vuelta la página y sintió el alivio fugaz del que se perdona para siempre.

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