Pensé que sería una buena idea salir a dar una vuelta, las noches de enero invitan a respirar otros aires. Partí con lo puesto, esperando que a nadie le molestara mi combinación despreocupada de ojotas con medias y pantalón corto. Al dar vuelta a la esquina, un grupo de jovenes me ve llegar y ríe sin disimulo para luego debatir algo en voz baja. A continuación uno de ellos grita.
- ¡Amigo! ¿Querés cerveza? ¡Nos gusta tu look!
Respondo a la invitación sarcástica levantando la mano izquierda sin darme vuelta, con la mirada fija en la plaza de enfrente. Al llegar varios perros me observan, olfatean y lamen, como si fuera para ellos un hueso gigante. A decir verdad, gracias a la mala alimentación combinada con algunas pesadillas, no había tanta carne en mi cuerpo. Sólo digamos que los caníbales me hubiesen subastado en Mercado Libre. Salgo de mis cavilaciones para encontrar un banco cuya ubicación me permita observar el espacio de juegos, aunque ya no sé si lo que pienso es lo que quiero de verdad o soy otro buscando encontrarme. La vecina del 5° B le ordena a su mascota Bobby -porque la originalidad para los nombres no es algo que abunde en estos tiempos- que se quede quieto, al tiempo que queda enrededada en su correa. El Gran Danés es indomable para la menuda figura de la dama. Decido acercarme a ayudar. Con cada paso siento que esta caminata podría ser en la luna, la mujer podría ser la jefa de una familia marciana y el viento violento, alguna tormena tóxica que amenazara con infectarnos.
- ¡Quieto, muchacho! ¡Quieto! - ordeno al animal que de repente me sonríe y se convierte en Astro, el perro de los Supersónicos. Nos sostenemos las miradas. Intento tranquilizarlo con caricias mientras desenriedo con dificultad a Maribel.
- ¡Ay, Alberto, muchas gracias! Me estaba volviendo loca. No puede parar un segundo, es una cosa increíble esta bestia.
Le retribuyo el agradecimiento con un gesto desinteresado. La mujer observa compasivamente mi atuendo y de inmediato acaricia al can, como si yo no fuera a notar que ahora quien interactúa con Astro es Lucero Sónico.
- Bueno, nosotros nos vamos. Tenemos que ordenarle la cena a Robotina.
- ¿Qué? - contesto algo confundido. Mis oídos zumban y por momentos se mezclan de manera vertiginosa los colores, las imágenes, los sonidos del ambiente.
- Que tenemos que dormir temprano. ¿Se encuentra bien, vecino?
No puedo responder. Esa famosa melodía no deja de taladrarme el cerebro y viene acompañada de un endulzante aroma a chocolate caliente, a tardes después de la escuela, a risas incontrolables. Pero no, porque ahora mi malvado jefe aparece en el parque gritándome, con su horrendo bigotito hitleriano. Ultra me pide dinero otra vez para comprarle comida a todos los perros de la plaza que son iguales a Orbit pero yo sé que es más que eso, que me robará la billetera y...
- ¡Alberto! Alberto, despierte. ¿Puede oírme?
Cuando abro los ojos me encuentro con dos hombres vestidos de blanco que al aparecer me habían subido a una camilla y con Maribel, quien ya en su forma original me inspeccionaba el rostro. Parecía bastante preocupada por mi condición. Sólo podía pensar en el hambre que tenía mientras mis párpados pedían cerrarse otra vez.
- Ahora puedo dormir. Lo necesito. Necesito rendirme. Y que el Señor Cogswell deje de robarme, maldito traidor mentiroso.
Los enfermeros cruzan miradas silenciosas con mi vecina. Empiezo a ver a las tres figuras cada vez más borrosas pero sé que esta vez todas son reales. Mi mente sonríe.
No hay nada mejor que regresar por un rato a la infancia para que nuestro niño de siempre calme al adulto estresado, para que los sueños vuelvan en cualquier paseo espontáneo y nos recuerden lo que es estar vivos por y a pesar de tanta locura.
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