Levanté la copa y brindé por él en un silencio sepulcral, mientras todos miraban obsesivamente la hora en sus relojes. Cerré los ojos y recordé esa tarde de fútbol en la que después de una maniobra impecable me dejó solo frente al arco y ante el pánico que me generaba el arquero del equipo rival, arruiné la situación tirando la pelota por arriba del travesaño. Le pedía perdón desde lejos pero no me miraba, como si por un rato nuestra amistad fuera cosa del pasado. Ese día perdimos y no hubo chocolatada en casa, ni Pokemon, ni álbum de figuritas. Diez años y muchos picados después, el micro que lo traía de vuelta a Buenos Aires desde Córdoba se topó con un camionero borracho. Nunca más pude volver a pedirle perdón como cada año por haber errado ese gol. "Sos un morfón, amigo" me recordaba siempre mientras nuestras familias conversaban animadas al calor del vitel toné y los sanguchitos de miga. Ni siquiera pude volver a decir su nombre ni a contar las anécdotas que con entusiasmo relatábamos en cada almuerzo de domingo. Es curioso cómo esa sensación de que el mundo se detiene, ese instante del que tanto leímos en libros y vimos en películas, se vuelve carne. De repente nada alrededor existe, nada está sucediendo.
A la semana siguiente dejé de extrañarlo tanto y empecé a quererlo más cuando su hermano me dejaba la misma oportunidad en los pies. Y señalando al cielo con lágrimas en los ojos después de ver la pelota tocar la red, pude por fin pronunciarlo.
- Para vos, Martin. De parte del morfón.
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