miércoles, 9 de septiembre de 2015

El mismo

 Las horas pasan inútiles en esta oficina de mierda mientras busco una excusa para saludarte sin parecer un completo idiota en la primera puta impresión. Hace una semana empezaste a trabajar en el escritorio de enfrente y todavía no tuvimos un acercamiento, a veces creo que porque me ves como uno de esos potenciales asesinos en serie por los que cruzarías de vereda cuando llegás a tu casa. Sos colorada pero no tenés pecas. Tus ojos verdes son muy redondos, casi como los de un personaje de animé. No usás maquillaje. Tu cara es delgada pero tus cachetes sobresalen y estás repleta de rulos enmarañados. Siempre usás una camisa blanca escotada y una pollera negra al cuerpo pero nunca repetís el par de zapatos. Todas las partes de tu cuerpo están en perfecta armonía. El jueves llegaste tarde y cansada de la ciudad y revoleaste tu cartera marrón encima de la impresora con gesto impaciente. Luego suspiraste con fuerza lanzando un gemido involuntario que me enloqueció. Tuve que correr al baño.
 Entre las 11 y las 11:20 comés un yogurt Ser de vainilla y ordenás expedientes.
 Te pienso sin puntos ni comas, planeo estrategias para tenerte cerca (de verdad) que nunca concreto, deseando que alguna vez por casualidad respondas mis "buen día" aunque no sean para nadie en particular. Hoy se te cayó una carpeta con un montón de hojas y quise acercarme a ayudarte pero López me ganó de mano. Qué pelado de mierda, lo hace a propósito, parece oler mi miedo. Te veo ir y volver de la máquina de café dos veces en la mañana y una por la tarde. Sería un buen escenario para forzar un encuentro casual pero tal vez la máquina se trabe, la golpee con violencia y luego de fracasar en el intento quede en evidencia mi pésima relación con la buena suerte. Tardás entre 10 y 13 minutos en ir al baño y cuando comés milanesas con ensalada traés ambas cosas por separado porque probablemente no te gusta que se mezclen los sabores. El viernes intenté sentarme al lado tuyo en el almuerzo pero se cayó la silla y cuando me agaché a levantarla también se me cayó el tupper con mi comida. Al menos te hice reír.
 Sé que tu apellido es Gómez porque el miércoles el jefe te llamó a los gritos. Seguro inventó un problema boludo con algún informe para mirarte las tetas un rato. Me gusta cuando redactás muy concentrada porque tus ojos hacen el esfuerzo inútil de no achinarse y parece que estuvieras a punto de estornudar. Tosés mucho pero nunca te tapás la boca. Te corrés el flequillo de la cara con la mano derecha y siempre tenés a mano un paquete de Frutigran violeta.
 Hoy junté coraje y me acerqué a pedirte una lapicera. TODA UNA CONDENADA SEMANA PENSANDO QUÉ DECIRTE Y PIDO UNA LAPICERA, SOY EL CAMPEÓN MUNDIAL DE LOS FRACASADOS. También pienso en mayúsculas y me autoboicoteo con mucha facilidad.
- Soy Juan, mucho gusto.
- Igualmente - respondés sin ganas estrechando mi mano. Intento no impacientarme porque no me decís tu nombre. Tenés las uñas pintadas de blanco, lo cual es bastante raro porque venís oscilando entre el rosa, el violeta y el bordó, dependiendo del color de los zapatos. Tu escritorio huele a pino, vos olés a pino también y a decir verdad es bastante sofocante pero elijo quedarme para intentar marcar presencia.
- Bienvenida.
- Entré la semana pasada pero gracias.
 No puedo dejar de mirarte las pestañas. Son gigantes y totalmente simétricas, puedo contarlas de a una. De hecho lo hago.
- Sí, pero suelo tardar en presentarme con los nuevos. La timidez viene conmigo.
- Suele pasar. ¿Necesitás algo más?
 "Primero, necesito con todas mis fuerzas que entiendas el tiempo que le dediqué a todos tus movimientos, la cantidad de pajas que me hice en tan poco tiempo pensando en vos mientras te acomodás la camisa cuando hace calor, la infindad de excusas que planeé y la estupidez que terminé diciéndote, la transpiración que recorre mi espalda en este momento. Necesito que comprendas que todas las tardes hago tu mismo recorrido hasta la boca del subte aunque la parada de mi colectivo queda a cuatro cuadras en el sentido contrario. Necesito que sepas que ayer fui yo el que le pagó al kiosquero ese alfajor Milka Mousse que te regaló cuando entraste a comprar cigarrillos como todos los días a las 7:35, o 7:37 dependiendo si hay demoras en la línea D. Necesito hacerte concebir la idea de que adopté un perro y le puse Guzmán para que al acostarme y despertar igual de cansado algo de vos me acompañe. Necesito que me digas que todo esto te importa aunque sea un poco".
- Gracias. ¿Tu nombre?
- Celeste.
- ¿Como Celeste Carballo?
- No, como Celeste Guzmán, la del Sagrada Familia que te cogiste en Bariloche hace seis años, en el último asiento del micro de vuelta mientras todos dormían.
No supe qué decir mientras recordaba de un tirón lo mal que la había pasado, las gastadas que me había comido por ese bizarro episodio de forros rotos, pastillas del día después y puteadas varias. Luego del shock escupí lo obvio.
- ¡No lo puedo creer, Cele! ¡Qué distinta que estás!
- Y vos seguís siendo el mismo pelotudo.
 Llegué a casa, le dí de comer a Guzmán que ahora se llama Roco como cualquier perro normal y escribí en mi vieja libreta de anécdotas patéticas: "Hoy, miércoles 20 de noviembre de 2015, entendí eso de que se te caiga la vida en alguna distracción que dice Galeano y me parece una reverenda cagada".
 

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