martes, 25 de agosto de 2015

Mascarita

 Nuestro poeta maldito era en realidad un payaso de circo que soñaba con llamar la atención del público en alguna función, que algún ángel de la guarda le ofreciera llevarlo al verdadero éxito, mandarle guita a la vieja que sigue en el sur y comprarse una Fender Stratocaster. En ese orden de prioridades. Pero esa cadena de sucesos tan anhelada nunca se concretaba y todos los fines de semana la misma rutina le borraba el maquillaje.
- Mascarita, apurate que en quince salís. Peinate un poco esa peluca, haceme el favor que parecés Larry de Los tres chiflados.
 "Soy un payaso, pelotudo, me tengo que ver alocado, para qué carajo me voy a peinar", murmuraba solo en el camarín luego de que su jefe cerrara la puerta. Revisó los papeles con sus amadas poesías para chequear su buen estado y sin querer volcó café sobre uno de ellos. Lanzó una puteada al cielo. La mujer barbuda y su entallado vestido naranja fluor irrumpieron en el lugar.
- Masca, ¿ todavía seguís acá?
- ¿QUÉ CARAJO QUERÉS, PELAMBRE?
 La joven lo miró ofendida.
- Sos un fracasado de mierda - dijo antes de tomar su abrigo con violencia. Lo vio de reojo guardar los papeles en el bolsillo. Dudó un momento y luego cerró la puerta.
 "Andá a casarte con el Tío Cosa, rara de mierda", murmuró. Siempre se le ocurría qué decir cuando ya era demasiado tarde, aunque un poco le gustaba eso de la victoria silenciosa.
 La historia del alma errante, huérfana y suplicante le transpiraba en los zapatos gigantes cuando pisaba la arena y los veía. Padres preocupados porque el nene deje de llorar, atentos a su vez al más minimo sonido de celular. Y Mascarita que con sus malabares recordaba a Analía, que lo dejó porque decía que era demasiado gracioso. "Qué sabrás vos de la tragedia en el humor", le murmuraba a lo lejos a una madre que intentaba quitarle un chupetín de la mano a su hijo. Un par de piruetas y llega la hora de los globos. Nuestro poeta sólo pensaba en lograr uno con forma de balsa para naufragar lejos de toda esa pelotudez, rumbo al infinito horizonte de las letras. Y mientras al rimto de la música nacían perros, jirafas, gatitos, se preguntaba cuánto más. Entre el público le pareció ver a su padre tomando whisky y la imagen fue tan fuerte que tropezó con una pelota que había quedado perdida allí del show anterior. Zafó de la situación simulando que era parte del número y se tragó un globo para intentar magnificar la ridiculez. Tuvo que toser varias veces para salvar su vida. "Por qué actúo sobre lo actuado, si soy un payaso, todo parece planeado", se murmuraba mientras llegaban los aplausos. La vertical para terminar, como siempre. Y de repente no pensó. Sacó del bolsillo las poesías y leyó a viva voz: 

Yo quería para siempre
ser noviembre en tu cintura
pero el pájaro vuela impaciente,
abandonando su pavura.

Escribir sin más sentido
que transformar el equilibrio
en un potente y leal aullido
capaz de alentar al tibio.

Soy porque soy, porque soy escribo
sentada a la luz de una lámpara insomne
y escucho en silencio el latido
de un sueño con voz y con nombre.

 Al terminar, sin saber de qué mal sueño había nacido, Mascarita miró a la gente. Un silencio total reinaba en el lugar. Un nene rubio que mascaba chicle dejó su gaseosa en un asiento vacío y comenzó a aplaudir. Contagió a todo el resto, en una parodia excelente de película hollywoodense. El circo se fue llenando de aplausos, gritos, silbidos. "¡Te amamos, Mascarita!", se le escuchó gritar a una señora mayor casi escupiendo su dentadura.
 El payaso poeta sonreía de felicidad por primera vez en su vida, mientras la mujer barbuda contemplaba la escena en un rincón. "Ahora vas a ser un fracasado más feliz", le murmuró a lo lejos. Sabe bien que la escuchó porque, saturados por los gritos de la multitud, ambos comenzaron a llorar al mismo tiempo.

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