jueves, 13 de agosto de 2015

Canallas

 Encontró sobre la mesa la carta de amor que le había prometido. Tuvo miedo de abrirla porque pensaba encontrar las más crueles verdades, los episodios más añorables de la historia de su relación. Lloró en silencio. Miró el calendario y notó que exactamente 6 años atrás lo conocía en un bar de mala muerte. A la segunda cita ya se revolcaban en el viejo sillón de su desván, se susurraban groserías al oído y marcaban en sus pieles el sudor del desencanto. "Porque un día somos y otro día no", se decían, como si eso significara algo más allá de las palabras en sí. Inventaban códigos de conversación con expresiones que solían divertirlos en presencia de otras personas porque las sabían propias, inimitables, únicas. Era un juego que sólo ellos sabían jugar. Lo que ocurre con los juegos es que tarde o temprano alguien rompe las reglas, algún participante sale lastimado o es un mal perdedor, los jugadores se aburren de jugarlo y empieza a reinar el tedio, las confrontaciones, el horror.
 Empezó a dar vueltas alrededor del escritorio mientras se repetía palabras alentadoras, para dejar de llorar, para animarse a abrir el sobre. Lo miraba y sollozaba, le transpiraban las manos como nunca antes. "Desgraciado, egoísta", le gritaba en su mente. Él estaba ya muy lejos de casa pero podía sentirlo respirar en su hombro, tan ordinario y gentil como siempre. Respiró. Era hora de tomar coraje, de rendirse. Rompió el sobre con una violencia voraz y leyó en voz alta:

"Ana:
 La única verdad es la realidad, solíamos repetirnos en nuestras charlas de filosofía de goma y zapatos baratos. Y nuestra realidad fue tan cruelmente hermosa que durante mucho tiempo nos imaginé dentro de una burbuja. Nada nos tocaba, nada parecía afectarnos. Era la única verdad. Cuando la rutina nos tocó los pies empezamos a tropezar, tan previsibles como cualquier otra pareja. "Nosotros, los de entonces, ya no somos los mismos". Siempre detesté que usáramos tantas frases para graficar nuestros sentimientos y escenarios pero a su vez algo de eso era lo que nos mantenía unidos. Lo que decíamos nos hacía concebir un sentido de pertenencia pocas veces experimentado en nuestras vidas solitarias. Dejame decirte algo: me gusta recordarte sentada en el sillón con el gato en las rodillas leyendo a Foucault, era para mi el retrato de la novia progresista con la que siempre había soñado. Por momentos creía en la eternidad de ese momento, en mi participación invisible, en convertirnos en ese teatro. Vos como protagonista y yo como espectador, pero más unidos que nunca. Para siempre. 
 Sin embargo, nuestros sueños comenzaron a desdibujarse. Los propios y ajenos, los imposibles y los realizados. La nube de conexiones que unía nuestras charlas empezó a convertirse en un grito de auxilio. Porque los celos, la rabia, la impuntualidad, tu visión apocalíptica de la convivencia, mi deseo de ser padre, los horarios, el sexo casi incompatibe, mi impaciencia, mi desgano, tu paciencia, nuestros desencuentros, todo eso confluyó en un contexto tan extraño que un día me senté a escribir esto sin saber si alguna vez ibas a tener la oportunidad de leerlo.
 Te prometí una carta de amor, y esto es todo menos eso. Te prometí hablarte de la vida feliz que supimos encontrar, de nuestro encanto, de las tardes de mate y medialunas, de Capusotto, Los Simpson, Charly García y los Monty Python. De cómo nos transformamos en inseparables desde aquella vez que me mostraste cómo podías cantar La marsellesa con eructos y yo te enseñé a levantar una ceja. Pero heme aquí, hablándote de tristeza, proyectos abandonados y pequeños grandes finales. Qué oxímoron más barato, Ana. Me gustaría que estuvieras acá al lado corrigiéndome. Siempre fuiste más habilidosa que yo, más técnica. Aunque algunas veces en tus cuentos te olvidaste el corazón.
 Ha sido un sabroso gusto haber sido tu compañero y que hayamos fraseado juntos durante todos estos años. No hablemos de tiempos verbales ni del bien o el mal. Para eso están los canallas.

Gustavo."

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