viernes, 24 de abril de 2015

Paco

 Una mañana de abril llevé a Paco al veterinario. Un perro sin vacunas, mal alimentado, abandonado a la intemperie en una noche de tormenta furiosa. Parecía tener pocas chances de sobrevivir pero lo logró. Se convirtió en mi fiel compañero, en un luchador sin límites. Sin límites humanos, claro. No quería comer, ni pasear, incluso rechazaba su juguete favorito, una pelota naranja que le compré el día que lo encontré sollozando en el parque y lo abracé con toda la voluntad de mi corazón. Se estaba rindiendo a una fuerza extraña que le pedía abandonar su papel de sobreviviente, darle la espalda al mundo que durante tanto tiempo lo había olvidado. "Vamos a dejarlo en observación, va a necesitar mucho cariño y paciencia" me decía el veterinario, quien no parecía creerme cuando le juraba que lo había intentado todo para hacerle probar bocado pero el animal ignoraba mis súplicas. El suero goteaba en sus venas lento y parejo al ritmo de las agujas del reloj mientras mis ojos se posaban en su cola que daba breves espasmos, como si quisiera decir algo de lo que no estuviese muy seguro. Yo estaba segura de que una parte de mí se iba con él, segundo a segundo. Me invadió una nostalgia culposa digna del estereotipo de madre judía. Inexplicable, casi invisible. Paco era el hijo que nunca había tenido y en un berretín adolescente se escapaba de mi vida para siempre. Salí a la calle con la esperanza resquebrajada, abandonada al lamento de un vacío impoluto. Me recibió el ruido de la ciudad y su inevitable olor a muerte. 
 A la semana siguiente lo cremaron. Arrojé sus cenizas en el parque donde lo encontré por capricho de Madre Teresa. Qué injusto es el tiempo con las almas sensibles, pensaba mientras silbaba bajito un tango. Le regalé varios kilos de comida para perro a mi hermana, quien no parecía comprender la angustia de mi silencio ni el vínculo inigualable que se puede formar con un ser cauteloso e inteligente como lo era Paco. 
- ¿Me puedo quedar a dormir? - Eso sí lo entendió. Y me abrazó, como quien intenta pegar de a uno los pedazos del desconsuelo y convertirlos en esperanza.
- Pongo la pava - sentenció, y se dirigió a la cocina.
 Me saqué las zapatillas y abracé uno de los almohadones que había en el sillón. Gracias, amigo murmuré en el silencio de la sala. Una sonrisa de lágrimas se dibujó en mi rostro. 

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