viernes, 19 de junio de 2015

Lucía

Miraba distraído a la gente pasar desde la ventana del bar, perdido en mis preocupaciones de adulto, cuando la vi cruzar la calle. Se acercaba casi como en un sueño, igual que siempre, mejor que nunca. El tiempo no había pasado. No para ella. Entró al lugar y lo perfumó de rosas. Su radiante vestido blanco y su sombrero de paja me devolvieron a una época añorada. A los paseos en el parque y su mano en la mía, al café de los domingos, al teatro de los jueves, al otoño. Me levanté cuando llegó a mi mesa pero enseguida me senté, ante su ademán de "no es necesario". Se sentó frente a mí sin siquiera saludarme y dijo:
- Lo que han hecho los años...
El silencio casi secuestra mis cuerdas vocales.
- Lucía...
Se quitó el sombrero y me dirigió una mirada que poco se parecía a esas que supe disfrutar. Llamó al mozo y pidió un jugo de naranja. 
- Quiero que sepas que acepté venir sólo porque ando ligera de trabajo. No sé cómo conseguiste mi teléfono. 
- ¿Es necesario? Nunca perdiste la costumbre de excusarte. Ese escudo invisible sigue ahí.
- Estoy trabajando con Aníbal. ¿Te acordás?
No había olvidado sus evasivas. Fingí sorpresa aunque ya lo sabía. Y fingí alegría, sobre todo eso.
- ¡Qué bien! Es un buen muchacho - mentí.
Llegó el jugo de naranja. Lucía le sonrió al mozo con una amabilidad completamente natural y al observarla mis manos temblaron, como si una ráfaga de nostalgia me secuestrara para siempre. Cerré los ojos durante unos segundos y recordé la luna llena de ese mar que nos abrazó aquel verano, cuando no importaba más que el amor...
- ¿Te sentís bien?
Me sobresaltó su voz de tal manera que derramé la mitad de mi café. Me disculpé innecesariamente. Ella soltó una risa estridente, algo tenebrosa, y varios voltearon a mirarla. Parecía fingida, pero yo sabía que no lo era. Porque así era ella. Todo estaba empapado de su extravagancia, de su determinación. 
- ¿Seguís trabajando en el mismo lugar?
- Me ascendieron - declaré exultante, sin dejar de mirar sus labios rojos. 
- Era hora. ¿Cómo está tu hermana?
Esa pregunta me devolvió a la realidad de un puñetazo.
- Falleció hace un mes.
- Lo siento... - murmuró, apretando fuerte el sombrero contra su pecho. 
- C'est la vie.
Bebió de un sorbo todo el jugo de naranja en pocos segundos. 
- Lucía, despacio, te vas a atrag...
- Estoy bien. - dijo apoyando ruidosamente el vaso sobre la mesa. Respiraba agitada.
- Mirá, si te parece que esta reunión...
- No me parece nada. ¡Estoy bien, dije!
Su grito resonó en todo el bar. No volaba una mosca.
- Perdón. Es que nos recuerdo andar caminos en nuestros zapatos de esperanza adolescente y pierdo los estribos. ¿En qué vida fuimos tan ingenuos?
Y ahí estaba. La Lucía indefensa, la de las pastillas para dormir, la otra cara de una moneda devaluada.
- Me alegra verte bien. Saluda a tu madre de mi parte.
Se levantó de su silla. Hice lo propio y la tomé de un brazo. Cuando nos miramos supe que no quería abrazarme como yo a ella, que su cuerpo estaba lleno de todo menos de mí y que jamás volveríamos a hacer el amor. Porque no éramos Fernando y Lucía. Éramos dos impostores.
La solté. La solté de una vez y la vi perderse de la misma manera en que llegó. Al bar, a mi vida, a mis recuerdos...

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