- Lo que han hecho los años...
El silencio casi secuestra mis cuerdas vocales.
- Lucía...
Se quitó el sombrero y me dirigió una mirada que poco se parecía a esas que supe disfrutar. Llamó al mozo y pidió un jugo de naranja.
- Quiero que sepas que acepté venir sólo porque ando ligera de trabajo. No sé cómo conseguiste mi teléfono.
- ¿Es necesario? Nunca perdiste la costumbre de excusarte. Ese escudo invisible sigue ahí.
- Estoy trabajando con Aníbal. ¿Te acordás?
No había olvidado sus evasivas. Fingí sorpresa aunque ya lo sabía. Y fingí alegría, sobre todo eso.
- ¡Qué bien! Es un buen muchacho - mentí.
Llegó el jugo de naranja. Lucía le sonrió al mozo con una amabilidad completamente natural y al observarla mis manos temblaron, como si una ráfaga de nostalgia me secuestrara para siempre. Cerré los ojos durante unos segundos y recordé la luna llena de ese mar que nos abrazó aquel verano, cuando no importaba más que el amor...
- ¿Te sentís bien?
Me sobresaltó su voz de tal manera que derramé la mitad de mi café. Me disculpé innecesariamente. Ella soltó una risa estridente, algo tenebrosa, y varios voltearon a mirarla. Parecía fingida, pero yo sabía que no lo era. Porque así era ella. Todo estaba empapado de su extravagancia, de su determinación.
- ¿Seguís trabajando en el mismo lugar?
- Me ascendieron - declaré exultante, sin dejar de mirar sus labios rojos.
- Era hora. ¿Cómo está tu hermana?
Esa pregunta me devolvió a la realidad de un puñetazo.
- Falleció hace un mes.
- Lo siento... - murmuró, apretando fuerte el sombrero contra su pecho.
- C'est la vie.
Bebió de un sorbo todo el jugo de naranja en pocos segundos.
- Lucía, despacio, te vas a atrag...
- Estoy bien. - dijo apoyando ruidosamente el vaso sobre la mesa. Respiraba agitada.
- Mirá, si te parece que esta reunión...
- No me parece nada. ¡Estoy bien, dije!
Su grito resonó en todo el bar. No volaba una mosca.
- Perdón. Es que nos recuerdo andar caminos en nuestros zapatos de esperanza adolescente y pierdo los estribos. ¿En qué vida fuimos tan ingenuos?
Y ahí estaba. La Lucía indefensa, la de las pastillas para dormir, la otra cara de una moneda devaluada.
- Me alegra verte bien. Saluda a tu madre de mi parte.
Se levantó de su silla. Hice lo propio y la tomé de un brazo. Cuando nos miramos supe que no quería abrazarme como yo a ella, que su cuerpo estaba lleno de todo menos de mí y que jamás volveríamos a hacer el amor. Porque no éramos Fernando y Lucía. Éramos dos impostores.
La solté. La solté de una vez y la vi perderse de la misma manera en que llegó. Al bar, a mi vida, a mis recuerdos...
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