martes, 7 de julio de 2015

Santa Teresita

 Nicolás no tenía ganas de que aquel fuera un día triste. Al menos no todo el día. Quería olvidarse de la tormenta, del partido empatado sonando en la radio, de la ruta desierta. "Hoy me la juego y hago chistes", mentía internamente mientras se preguntaba qué le causaba tanta gracia al copiloto, su padre.
- Cebame un mate, viejo.
- ¿Te acordás cuando te perdiste en la playa, Nico?
 Harto de escuchar la misma anécdota cientos de veces, Nicolás asiente esbozando una mueca y vuelve la mirada atenta a las escobillas del limpiaparabrisas. Recibe el mate en silencio. Roberto lo mira y comienza su monólogo inevitable.
- Todavía no entiendo cómo estabas tan convencido de que ibas a conseguir rocklets en la playa. ¿Con qué plata, además? Nos contabas que juntaste tres pesos haciéndole puchero a las viejas preocupadas que te preguntaban por tus papás. Eras tan pícaro. Teníamos que retarte porque era lo que correspondía pero en secreto siempre festejábamos tus travesuras. Gracias a Dios fueron travesuras y no desgracias, mirá.
 Mientras su padre relataba, el joven imitaba en su cabeza todo lo que decía. Tenía ese discurso estudiado palabra por palabra, hasta podía actuar la entonación, cada pausa y gesto sin olvidarse ni el más mínimo detalle. Muchas veces sentía el impulso visceral de gritarle que era suficiente, que lo olvidara, que ya no tenía 6 años, que Santa Teresita siempre le pareció un lugar horrible y que estaba harto de fingir melancolía. Pero en lugar de eso lo escuchaba, duplicaba la secuencia en su mente y luego se olvidaba del asunto.
- Es increíble que no te acuerdes nada de ese día. Los nervios de tu madre eran inolvidables, casi le agarra un ACV. Che, esta yerba es asquerosa, ¿qué marca es?
Nicolás no logra esquivar un pozo y putea entre dientes. El auto hace ruidos raros. "No me falles ahora, por favor te lo pido", suplica para sí.
- No sé, pá, Unión creo.
- Casi no hay agua. ¿Falta mucho para llegar? Me olvidé de mear antes de salir, che, qué cagada. Poné música, Nico.
 Mientras Nicolás intentaba procesar toda la información que le daba su pariente de manera aleatoria y por demás veloz, éste no paraba de acomodarse el cinturón de seguridad.
- ¿Estás bien?
- Estos autos modernos no traen cinturones como la gente, qué bárbaro. Si tu abuelo viera este tipo de naves pretenciosas...
 Un silencio incómodo se impuso entre padre e hijo. Sí, Santa Teresita era un lugar horrible, Nicolás ya no tenia 6 años y su abuelo ya no podía viajar en ninguna de esas "naves pretenciosas" porque el cáncer lo devoraba como una bomba de tiempo configurada por el azar. "¿Por qué carajo lo habrán dejado seguir viviendo en la costa después de que se enfermó? Si no poder disfrutar el mar lo deprime, ¿no se dan cuenta?", se quejaba para sí el muchacho. Siempre en su mente, siempre para adentro. Como se había manejado toda su vida, empequeñecido por el ímpetu delirante y muchas veces egoísta de su padre.
 Estacionaron a pocas cuadras del Hospital General de Santa Teresita. Recorrer esa peatonal después de 20 años finalmente hizo a Nicolás recordar la bendita anécdota de su extravío. "¿Me querés decir dónde carajo te metiste? Te voy a matar, pendejo de mierda", le gritaba su madre vestida con una bikini blanca y azul, tan hermosa como hoy. Pensó en decirle a su padre que lo había recordado todo, pero al voltear a verlo mientras caminaban notó una expresión que jamás había visto en su rostro: la derrota. Roberto Buenaventura, el implacable Sargento de hierro, se había abandonado a una inocente tristeza que lo derrotó a puño limpio durante todo el último mes. Y era hora.
 Luego de anunciarse en recepción los Buenaventura fueron escoltados por una enfermera que les abrió la puerta de la habitación 321. Entraron en la penumbra.
- Hijo, te extrañé mucho - susurró Ulises con voz corroída.
 Roberto sostuvo la mano de su padre. Nicolás corrió una silla naranja del camino y se sentó en la camilla vacía de enfrente, dispuesto a actuar como un espectador porque así sentía que debía ser.
- Nico, Nico, acercate, querido...
 El viejo lo llamó y no podía negar ese acercamiento. El muchacho sabía que si algún sentimiento nacía de allí sería el dolor de su padre el responsable, y nada más. La sangre no es vínculo aunque nos obliguen a creerlo.
- Cuidamelo al Robertito, ¿sabés? Yo que no pude, que no supe bien. Perdoname.
 Nicolás asintió y en un acto reflejo apoyó su mano sobre la de Ulises.
- Está todo bien, abuelo. Está todo bien. Todo bien - repitió el joven, mientras escuchaba a su padre llorar en silencio a su lado.
 Se retiraron del cuarto y caminaron rápidamente hacia la salida, casi desesperados por llegar al auto. Tal vez pensaron que allí encontrarían una especie de refugio, un fuerte impenetrable para la muerte.
- Poné música, Nico.
 El primer tema que arrojó el pendrive fue Silencio, de Los tipitos.
- ¿Te acordás cuando perdimos ese picado contra los González? - recordó Nicolás mientras ponía el coche en marcha.
 Su padre sonrió y asintió con convicción.
- Siempre contando las mismas boludeces vos, pibe...
 El reluciente Passat gris se inundó de risas mientras avanzaba lento y parejo de regreso al sur del Gran Buenos Aires.

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