Afuera la lluvia golpea fuerte como esa metáfora desgarradora que podría inventar si fuese una buena escritora. Dentro del bar espero mientras escribo en esta servilleta. Voy a tener que achicar la letra. La vieja me dijo que este tipo tiene algunas fotos que podrían interesarme. No quiso decirme qué fotos pero sabe que la curiosidad siempre me vence. Le doy el último sorbo al café justo cuando el mozo grita gol. Volteo para ver la tele pero no alcanzo a ver quién juega, sólo el festejo en las tribunas y el marcador que cambia. Un grupo de viejos con boina pide offside entre puteadas y golpes a la mesa pero el referí parece hacer caso omiso a sus reclamos. Río en voz baja. Doy vuelta la servilleta y la puta que anda mal esta lapicera negra, qué berreta. Entra un hombre canoso y con barba candado que mira directamente hacia mi mesa. Se acerca, creo que es él. Ahora vengo.
 Estoy destrozada. Quisiera levantarme de la silla pero las piernas no me responden. Lo ví. Finalmente conocí su cara, era papá. Era papá en Malvinas cagándose de frío, con casco, mojado, muerto de miedo. Era él y pude ver su rostro, saber si tenía ojos, boca, pelo, corazón. Y tenía todo eso. Agarro otra servilleta. Juan Carlos Gómez es el veterano que me trajo las fotos, para comprobar finalmente que existió, para contarme que a Pablo Ezequiel Morales lo condenaron con tan sólo 21 años pero que no dejó de pensar en mí hasta el último de sus suspiros. Y nado en mares de bronca porque mamá me mintió, porque me dijo que él se borró, que nunca quiso reconocerme. Crecí pensándome abandonada, invisible. Pero ahora no, ahora sé que mi papá fue un héroe aunque no quiso serlo, aunque no tendría que haberlo sido nunca. Otra servilleta. Sólo puedo preguntarme en un llanto silencioso pero desconsolado por qué me obligaron a vivir esta mentira, qué sentido tuvo, tiene, qué le hizo pensar a Mercedes que un padre abandónico me sentaría mejor que un soldado muerto. No concibo la razón de ser de esta lógica perversa, de toda esta falacia. Quisiera gritar y romper las sillas, las puertas, las ventanas, el cochecito de la madre que me observa secarme las lágrimas, retorcer el moño del mozo que sigue mirando el partido, tirar todas las copas de cristal que cuelgan boca abajo en la barra, el cartel de promociones, la caja registradora. La puta que lo parió al mundo entero, no entiendo, no quiero, no sé. Renuevo servilleta. Pienso en llamarla para que me diga que es el día de los inocentes porque cualquier otra explicación “razonable” que me de sólo aumentaría mi ira, mi dolor, esta confusión intermitente. Tengo tantas preguntas que flotan en el servilletero y en esta tinta que de a poco se apaga. No quiero a nadie ahora, a nadie excepto a vos.
 Empiezo la última servilleta.
 Pablo Ezequiel Morales nació el 21 de marzo de 1961 en Castelar, Provincia de Buenos Aires. Le gustaban los poemas de Bécquer, el mate amargo y los chistes de gallegos. Era moreno como yo, de boca grande y pelo castaño alborotado. “Tiene tus ojos, negros y bien redondos, muy bonitos”, decía Juan Carlos mientras me observaba mirar las fotos. Sólo supe agradecerle y bastó que me dejara sola para empezar a temblar con todas estas emociones.
 Perdoname, papá. Por desperdiciar todo este tiempo odiándote tanto. Ahora sí puedo extrañarte como te merecés. Y te extraño mucho para siempre.