Volví con el recuerdo de la Torre Eiffel incrustado en la retina. O al menos lo que creía recordar. Mi mamá siempre dice que los recuerdos son lo que nosotros inventamos después, a veces un cuento de hadas, otras veces una pesadilla. Mi mamá dice muchas cosas pero ninguna interesante. A diferencia de mi niño. Él sí es interesante, porque compartimos la mierda.
- Somos jodidamente hermosos, Nancy - dijo. Jodidamente, sabés.
- Mentira, somos horribles.
- Sí. Tenés razón. - reconoce sonriendo.
Estamos tirados en la cama y él le regala otro beso largo al vodka pero es la tercera vez que escupe más de la mitad de lo que toma. Siempre mancha mis medias de red. Su tos está cada vez peor.
- Convidame.
- No. Tenés el tuyo.
- Se me acabó, dale. Sid.
Intento manotearle la botella en el aire pero como no accede pruebo tocándole la pija, para ver si logro ablandarlo un poco. Me aparta el brazo con violencia murmurando algo incomprensible. La verdad es que no recuerdo si tuvimos sexo últimamente. Le acaricio el pelo.
- Me despeinaste, pelotuda.
- Andate a la puta que te parió, Sidney. Egoísta de mierda. ¿Quedó algo?
Revuelvo enérgicamente la basura pero sólo encuentro papeles vacíos y una aguja incrustada de diamantes partida a la mitad. Empiezo a sentir un aroma a cóctel de cenicero lleno, vómito y humedad que reina en la habitación. Creo que se fuga un pequeño rayo de luz por la ventana.
- ¿Dónde carajo está el teléfono?
- Dejá de gritar, pedazo de mierda. Me duelen los ojos.
De repente me puse a pensar en que me faltaba el aire, pero no era el aire, sino una sensación molesta de vacío en el pecho. Cuando son tantos los viajes uno nunca sabe si está de vuelta o yéndose al carajo. No sé, creo que el vacío no es en el pecho sino en la existencia pero la cabeza me da demasiadas vueltas como para pensarlo bien. Veo de reojo en la almohada un reflejo metálico que brilla en la oscuridad. Voy a llorar para llamar la atención. Sí, eso voy a hacer.
- Sidney... ayudame. No quiero más esto, quiero salir, quiero ser alguien.
Juraría que me está mirando con lástima pero está oscuro y las lágrimas me joden la visión.
- Te amo tanto, tanto, tanto.
- Te amo también, nena.
- Tenés que hacerlo.
- Dejame de joder, Nancy. Siempre me estás jodiendo con algo.
- Hacelo, ayudame a terminar. Ayudame a ser libre.
- ¡No me rompas las pelotas!
- ¡Hacelo de una vez, cagón de mierda! ¡Ahora!
Le arrojé el cuchillo de Dee Dee por la cabeza y pasó rozando su nariz.
- Estúpida, ¿qué carajo hacés?
- ¡Ahora! ¡Ahora! ¡Ahora! - grito cada vez con más ganas entre sollozos, entre moco y suciedad, entre la sanidad y la locura, entre el suelo y el cielo. Grito con toda la fuerza de mis tripas podridas y él no me soporta más.
- ¡Dejá de gritar, cerrá el orto, callate, basta! ¡Basta! - dice tapándose los oídos y dando vueltas al pequeño cuarto.
Entre el forcejeo me parece que intenta besarme pero quizás esté soñando. Lo escupo. Me decido. Lo empujo a la cama y después de varios gritos histéricos más finalmente siento el frío de ese esperado filo. Sólo respiramos. Finalmente voy a ser alguien, alguien perfecto y eterno. Como nosotros dos.
Ahora sólo hay silencio y él duerme como un bebé sobre estas sábanas inundadas de mí.
Intento presionar mi estómago pero no siento las manos. Me arrastro de a poco, quiero admirar mi rostro maquillado por última vez.
En el espejo del baño escribo "el amor mata" con toda la sangre que brota, justo antes de rendirme nuevamente al peso de la gravedad y manchar los azulejos. Qué desastre, Sidney, mirá lo que hiciste. Mis ojos se apagan y ahora soy del viento. Gracias. Bien hecho, desgraciado. Nos vemos del otro lado.
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