"Buenos Aires, 21 de agosto de 2015.
Queridos hermanos:
Dejo esta carta en manos de Mariel porque confío en que se las hará llegar apropiadamente. Es esta mi forma de despedirme. No puedo posponer más mi huída. Durante mucho tiempo supe que encontraría tregua conmigo mismo al irme, que sólo así sanaría un poco la desdicha. Por el momento no encuentro metáfora suficiente que explique mi porvenir. Lo que ocurre es... La pucha, cómo cuesta esto... Viste cuando terminás de leer un buen libro y aparece esa sensación difícil de interpretar? Por un lado sabés que creciste, que sos más rico pero por otro no querés dejar ir esas páginas, te volvés dependiente de su efecto y durante un tiempo considerable tu cabeza las reinventa desde otro lugar".
Lo entendí. Entendimos. Siempre entendimos. Porque la literatura y la vida no son lo mismo, por eso no da igual la comparación. Por eso ahora miro en mi biblioteca el lomo de La conjura de los necios, Cartas Marcadas y Los siete locos y sonrío. Sonrío porque lo recuerdo mientras pasea por las calles que lo alejaron de la vida de todos nosotros, los que nos supimos enaltecidos diariamente por su simple presencia. Ramón, "el viejo", siempre fue un avispado, un cordobés aporteñado que ya era personaje ilustre en el barrio. "Usted no usa despertador sino cronómetro, señor" le bromeaban las señoras cuando lo veían abrir el kiosco de revistas a las seis de la mañana en punto todos los santos días. Cada vez que alguien le pedía algún material que no tenía pactaba una fecha límite para la entrega. Y cumplía. Cumplía sin falta porque cumplir con su trabajo lo mantenía erguido, presente. Todas las colecciones de libros habidas y por haber que venían con los diarios se las compraba mientras charlábamos sobre el último de Stephen King o lamentábamos la muerte de Galeano. Cumplir con nosotros era su responsabilidad inexcusable.
"Yo los reinventaré a ustedes en la rue de Verneuil o en el cementerio de Montparnasse. Así es, París me espera. He decidido guardar este libro que es su amor incondicional en mi mochila y partir. Sepan que me llevo conmigo la sonrisa de la pequeña Mica, la de su papá Ricardo que siempre me ayudaba con el cambio cuando pasaba por la mercería, la de doña Delia que todos los mediodías se escapaba del trabajo para traerme un tupper con buñelitos de acelga o empanadas. El gran barrio de los pequeños gestos que han sabido regalarme es un tesoro invaluable que me acompañará hasta el fin de mis días. Espero haberles devuelto aunque sea una cuarta parte de todo lo feliz que me han hecho".
Ramón no podía permitirse fallarle a nadie, porque una vez falló y su vida fue un caos. Todos conocemos la historia y la mayoría elegimos evitarla, no contársela a los ajenos, dejársela al pasado. Sólo decimos de vez en cuando que Ramón parece triste o dejamos escapar un "che, me parece que hoy el viejo se acordó". Resulta ser que el dolor tiene formas impensadas de apersonarse. A él le tocó, quizás, la peor. Volvía manejando un viernes del hospital en el que estuvo tanto tiempo metido gracias a un cáncer hijo de puta que con el tiempo desapareció. Venía embalado, enojado con el mundo, chisporroteaba, lanzaba insultos al aire en su Fiat Duna celeste. Se olvidó del semáforo en rojo y no vio venir a una mujer con vestido rosa que cruzaba sonriente la calle. Ella voló y cayó al suelo en cuestión de segundos. Cuando el viejo abrió horrorizado la puerta del auto y la reconoció, contuvo el aliento. "¡Mabel! ¡Mabelita! ¡Ay, Dios santo, ayuda, por favor!" dicen que gritaba a viva voz. No había teléfonos celulares en aquella época y esa voz angustiada, casi ahogada era su única herramienta disponible. Los vecinos se fueron acercando. El zapatero José intentó reanimarla pero no hubo caso. Cuando llegó la ambulancia ya era demasiado tarde.
"Les pido disculpas por no haber tenido el coraje de decirle adiós a todos y cada uno cara a cara. Soy un viejo cobarde que prefiere este mensaje porque no hay réplica que dificulte mi objetivo. Saben que les debo todo, son la balsa que me mantuvo a flote, mi medicina contra la angustia existencial. Pero llegó el día que supe, desde aquella vez, que llegaría inexorablemente. Es la hora de cumplir el sueño compartido que teníamos con la negra desde que nos conocimos, desde que leímos por primera vez Rayuela, juntos. Nos regalábamos grabaciones de capítulos leídos y cuando aparecían las descripciones de calles, puentes o bulevares como el Jourdan no podíamos evitar sonreír. Ambos tomamos clases de francés durante varios meses. Se lo debo. Nos lo debo. Es mi manera de enmendar un error que todavía no entiendo bien quién cometió. Me quedaré en París el tiempo necesario, pensando en Rocamadour, en ella, en su café con leche y tres tostadas con manteca. Tal vez sea por el resto de mi vida. Lo importante es que ustedes tienen mucho que ver y por eso les escribo, por eso los despido como mejor me sale, apelando al lado empático que sé que todos disfrutan. Esperando que no lloren y que me recuerden como lo que siempre seré, un loco de mierda.
Los voy a extrañar mucho.
Siempre suyo,
Ramón".
Al terminar solo se escuchaban ladridos, llantos silenciosos y niños reclamando ir a jugar al tobogán. Susana, mi vecina más próxima, se acercó y para romper el hielo de la tristeza me abrazó con una fuerza conmovedora. Creo que ese fue el abrazo de todo el barrio, la síntesis perfecta de una despedida y la certeza de que ésta no es tal, porque comienza a acercarnos un poco más de ahora en adelante.
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