Todos los fracasos son el mismo.
A Débora le dio vueltas esa frase en la cabeza durante toda la semana. El viernes se sentó en la misma mesa del mismo restaurant con sus amigos de siempre y la desparramó por todo el lugar. La repitió hasta el hartazgo, se la susurró al fantasma de su papá que a veces merodeaba por los baños, la talló con las llaves del Ka en el respaldo de su silla de madera, la vomitó en el cuarto mojito con los tacos y las fajitas, la amoldó y amasó cual plastilina hasta encontrarle un sentido que Martín le refutó.
- A vos te gusta creer que todos son el mismo porque no querés crear autocríticas nuevas ni remodelar las viejas. Sos una cómoda sentimental, Debo.
Pero ella sólo podía pensar que fracasos mismo son el los todos, desordenadas las palabras al derecho y al revés porque así era la vida que la había traído hasta acá, una sucesión indiscriminada de libres albedríos, de clave morse al corazón.
- Pero, ¿qué te hacés el filosófico vos? No entendés nada - refuta desganado Pablo, ya harto de escucharlos barajar las mismas oraciones sin sentido en cada cena.
- ¿Dónde leíste eso? ¿En algún libro? - le pregunta Malena, quien sostenía una mirada con cierto aire de superioridad. Siempre se supo mejor que todos y en cierta forma tenía razón. Eso parecían demostrarle sus dos flamantes títulos de la UBA.
- No lo leí, lo descubrí yo solita. ¿No les parece que guarda perfecta coherencia? Nosotros nos equivocamos a costa nuestra, a orilla de nuestro propio naufragio. Entonces cuando fracasamos es una muestra de que estamos en un escenario idéntico al de la derrota anterior, igual de cansados, igual de rotos. ¿Qué importa si abandamos una carrera, nos engañaron o perdimos trescientos pesos? Todos los fracasos son el mismo.
- Tal vez querés decir que todos nos duelen igual pero cambian las caras, los nombres, los motivos - latiguea Mariano, que venía escuchando callado y fumando como era costumbre en él.
- No, Marian, no cambia nada. Estamos encerrados sin saberlo en la misma escena de la misma película una y otra vez.
- Demasiado metafórico, gorda - grita Malena sin darse cuenta, motivada por su tercer vaso de cerveza.
- Creo que es demasiado pretencioso el argumento, buscás solidificar una teoría que pinta más para cuento de Oscar Wilde que para la vida real - sentencia Martín con tono burlón. Todos saben que está enamorado de Débora pero ninguno le pregunta nada porque ya se acostumbraron a aquel pacto de silencio sellado en algún verano a orillas del río.
- Vos misma reconocés las diferencias concretas - comenta Mariano casi susurrando mientras termina otro cigarrillo.
- Son básicos. Simplistas. Nos repetimos con la misma facilidad con la que creemos cambiar, cuando en realidad es este mundo de mierda el que se repite, cargado de la misma miseria que nos arrastra a cagarnos en la experiencia. A copiarnos. A rendirnos. Y así resignados volvemos a caer en la equivocación, nos llevamos al resto con nosotros. Frustraciones en masa y en serie, cual fordismo de la muerte.
- Ya estás en pedo - bromea Malena. O se autobromea.
- No, boluda. Voy al baño y los dejo pensando.
Después de la tremenda vomitada de hace una hora tenía la boca seca y las ojeras por el piso. Se mira en el espejo y ríe. No sabe de qué pero ríe. Escucha entrar a su amiga. Sabe que es ella por cómo abre la puerta, despacio pero firme. Ese sonido podría identificarlo en cualquier puerta del mundo, en cualquier momento.
- ¿Te sentís bien?
- Ahora mejor - responde Débora. Se miran fijo. Malena la arrincona contra la pared del último baño y se besan como si la cordura no existiese. Enloquecen, se desnudan, acaban y reviven. Dos veces.
- Te espero en la mesa.
Débora se mira en el espejo, lanza una caracajada seca y se retoca un poco el maquillaje. Al volver del baño ve que sus amigos se han ido. Solo queda su medio vaso de mojito caliente y los pochoclos. Permanece quieta el resto de la noche mirando por la ventana, pensando en su frase, mientras a lo lejos la observan los mozos. Los mozos, que cada viernes sienten más y más pena de verla sentada sola, hablando tan apasionadamente con nadie sobre temas que jamás entenderán las señoras paquetas de la vieja Recoleta.
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