Qué bicho diminuto el pueblerino cuando tira el ancla en Buenos Aires. Siente al aire del anonimato llenarle los pulmones de azufre y el corazón de bocinazos. Así me sentí cuando abandoné a la vieja y me vine a estudiar acá, donde lo que no se finge dura poco. Alquilé un monoambiente en Once, como para no olvidarme de sentir el encierro bien adentro, y conseguí trabajo en un local de artesanías. Un poco me devuelve a casa el aroma a vainilla de Puros Recuerdos. Es un lugar agradable, y lo que es más importante, me deja tiempo para estudiar. Tiempo que me recorre la espalda cuando camino tranquila por las plazas con un poco de culpa. "Deberían cuidar las plantas como allá en Luntera", pienso mientras me acuerdo de las escondidas en la cuadra rodeada de palos borrachos y de las quejas porque simpre me tocaba contar. Hacía trampa cuando quería pispear a Pedro, que pasaba con la bicicleta y nos gritaba. Les gritaba. A mis amigas. A mí nunca. A mí jamás. Tal vez allá en la infancia mi voz de alondra tomó ese tono oscuro del callejón donde una vez lo lloré, excusándome en una caída producto de una persecusión de Poliladron. Hoy empecé a cursar en Ciudad Universitaria y un compañero se parece mucho a Pedro pero no anda en bicicleta ni me ignora. Es muy atento. Ayer me invitó a tomar algo pero me excusé con el trabajo y los trámites. Como aquella vez del callejón, no admití que en realidad sólo era mi dolor queriendo ocultarse sin éxito, despatarrado por cada rincón de mi piel. Mi canción se hace amarga con la sal del recuerdo pero me permito pensar más bien en cuotas, manejando dosis razonables, cada tanto. Sobre todo porque el mal humor de mi jefa y la fortuna que me cuestan los apuntes no me dejan mucho margen posible de angustia existencial.
A pocas cuadras del departamento hay un bar donde todos los miércoles organizan peñas literarias que hacen las veces de guitarreadas, escenarios de teatro y ferias artesanales. Allí los vecinos conversan, recomiendan, cuentan cuentos, comparten. Ayer me acerqué tímidamente a observar en un rincón y estaba bien, hasta que me reconoció la vecina del 4°D.
- Che, vos sos la del 1°A. Ella canta, la escucho cantar a la noche. - vociferó la señora mientras yo pensaba en extinguirme inmediatamente. Luego de varios "no" gestuales de mi parte, me convencieron de que subiera al escenario. El tipo del micrófono parecía Lito Nebbia.
- ¿Cómo se llama, muchacha?
- Malena.
- Qué lindo nombre. ¿Canta usted el tango como ninguna?
- Para nada.
Lito se da vuelta y mira al muchacho de la guitarra, le hace un par de señas y éste empieza a tocar.
- Adelante, adelante, mujer.
Y allí, rodeada de desconocidos casi en penumbras oliendo a vino y tabaco le conté al mundo quién soy. Delia no se equivocó cuando eligió mi nombre. Cada estrofa del tango me revuelve las entrañas porque me representa tocando fibras tan profundas como estremecedoras. Tengo el corazón lleno de campo y mis venas tienen sangre de bandoneón.
Amanecí con un dolor de cabeza, dos certezas y media sonrisa de satisfacción. Como amanecen tantos porteños a la deriva de una resacada calamitosa. Arrastré mis 50 kg más 2 kg de mochila con apuntes por Av. Corrientes oliendo la pizza fresca de la mañana. Poca gente elige regalar artesanías pero la que lo hace le da un valor especial, como el que le daba mamá a los recuerdos que le traía de mis viajes por Europa. Nada muy pretencioso, por lo general llaveros o anotadores que servían para no olvidarse nada en el almacén. Los que eligen las artesanías no las regalan a personas que van a dejarlas morir en la repisa, no mirarlas nunca más, para que junten el polvo del abandono frente a un ejemplar de La guerra y la paz. Son obsequios de y para gente meticulosa, que mira el objeto y revive al artesano a través de él, su tiempo y sus vivencias, que siente en carne propia la travesía del viajero. Gente que limpia el duende de mármol o el portasahumerios, lo acomoda, se lo muestra a las visitas, lo cuida de las mascotas al acecho. Gente que agradece de corazón el gesto al otro. Por amante, por amigo, por gentil ser humano. Como vos y como yo, que en cada verso pongo mi corazón. Entonces son $20, $30, $100 pero es mucho más, es la simbolización de un momento cargado de energía. Pensaba en todo esto cuando me senté en el mismo banco de siempre esperando que arranque la clase en Ciudad. Ví entrar al clon de Pedro que me dedicó la misma sonrisa de siempre, inclaudicable, esperanzadora. Tal vez hoy lo invite yo. Tal vez llame a mamá, tal vez visite la peña la semana que viene... Tal vez viva y suelte estos ojos oscuros como el olvido, estos labios apretados como el rencor de tanto extrañar el fiado de don Atilio, los domingos de siesta con perfume de tuco en el regazo de la abuela, la radio bajita de fondo y los grandes tarareando uno del Polaco.
Tengo un objetivo en una ciudad que me ahoga, tengo nuevos desafíos en un paisaje desolador, tengo proyectos en un escenario que me resulta calamitoso. Pero tengo. Y porque tengo puedo.
Qué bicho diminuto el pueblerino en Buenos Aires. Pero qué temple, mi amigo. Qué temple. Soporta hasta la más profunda pena de bandoneón.
No hay comentarios.:
Publicar un comentario