sábado, 16 de abril de 2016

Espectros

 La fuerza de la unidad mueve montañas, empuja hasta la más clavada de las piedras. El saber que diariamente cada vez mas mujeres viralizan su valentía gracias a las palabras de otra enciende un faro de esperanza en la oscuridad de este sistema podrido.
 Tenía 17 años, él 34. Salimos, por suerte, solo tres meses. Nos conocimos chateando. Hablamos un poco de música y series, como empiezan muchas charlas de desconocidos que finalmente empatizan. Vivía en San Martín, yo en Belgrano. Me tomé el tren hasta su casa, la cual compartía con sus padres según él por un drama inmobiliario, y entre las penumbras de su cuarto estábamos a punto de tener sexo. Me arrepentí, porque algo dentro mío, vaya uno a saber qué, me decía que algo andaba mal. Supongo que fue el futuro soplándome la nuca al pasar. Lo tomó bien, tranquilo, respetó mi decisión. Entonces confié, me entregué a él y cometiendo el peor error de un ser humano, me olvidé de mí misma. Mi vieja se enteró de su existencia y me prohibió verlo, porque era considerablemente más grande que yo. Me castigó quitándome el celular, pero yo no le hice caso porque en la adolescencia los padres nunca tienen razón. Él me regaló un Nokia de los más nuevos y puso su número gratis para que pudiéramos hablar más. Cuando yo no tenía ganas de hablar, sospechaba que lo usaba para hablar con otra persona. "Te lo compré para que me respondas, no para que pelotudees". Y si no respondía llegaba el MSN. "Te estoy llamando, Fernanda, atendeme de una vez". 
 Cuando me enojaba porque ponía en duda mi inteligencia con algún comentario sarcástico, decía que no me bancaba un chiste de mierda y que bastante bien me cogía como para que le respondiera de esa forma. 
 Un día fui a bailar con mis amigas y dejé de responderle los mensajes por un rato. "¿Qué estás haciendo? ¿A qué hora volvés?". Mi cerebro necesitaba distraerse. Le di un beso a un chico. La culpa no me dejaba dormir entonces se lo conté. "Yo te perdono, pero sabés que esto va a tener consecuencias. No va a ser lo mismo, no voy a confiar más en tu palabra. Sos muy influenciable, seguro tus amigas te dijeron que lo hagas. No salgas más con ellas, me niego a pasarla mal por culpa de un boliche de mierda. Me desilusionaste, me diste la razón, son todas iguales". A partir de ese episodio no hubo más que peleas. Ya ni me acuerdo por qué motivos, y siempre pero siempre salía a la luz mi infidelidad. Era motivo para desacreditar cualquier cosa que dijera. Todos los días a la salida del colegio me pedía que lo llamara. Un día le conté que caminé hasta casa acompañada. "Con una amiga", dije. Mentira. Era un amigo. Pero temía (con razón) su indagación. "¿Segura que es una amiga? ¿No me estás mintiendo, no? Bueno, no me queda otra que creerte".
 No me junté más con mis amigas. Ni a tomar mate. 
 Un sábado cualquiera, harta de que una mosca volando fuera suficiente para empezar a discutir, me quise ir de su casa. Llorando, le pedí que me abriera la puerta. En respuesta a mis quejas y mi sufrimiento, se bajó los pantalones y me pidió que le practicara sexo oral. Me hizo agacharme, me agarró del pelo. Mirándome llorar reía, mientras yo cumplía con su pedido. Quiso terminar en mi cara. "Te limpié las lágrimas, mirá qué linda quedaste". Después dormimos juntos. No podía respirar. 
 A la semana siguiente llegó otra pelea. Había llegado una hora más tarde de lo estipulado a su casa y se había hecho tarde para cenar. Quise que saliéramos a comprar algo. "No tengo ganas, ¿tanto te cuesta mirar el reloj? ¿Te enseñaron la hora en la escuela?". No respondí. Un rato después estábamos a punto de tener relaciones. Él sabía que no quería hacerlo sin preservativo. Ya habíamos tenido "intercambios" al respecto y lo había aceptado. Pero ese día quiso castigarme. Una vez más pensó que yo no tenía voluntad, que no valía, y fui de nuevo sometida. Me penetró sin preservativo, mientras me veía llorar y sonreía encima mío, disfrutando del momento. "¿Viste que no era tan grave? ¿Eh? Te lo merecías, decí la verdad". Me quise ir y no me abrió la puerta. Después dormimos juntos. Me dolía el pecho.
 La aparente calma precedió a un huracán más fuerte. A los pocos días del segundo episodio, llegué a su casa en taxi y lo noté extraño. Ido, nervioso. Me pidió que me sentara. "Tenemos que hablar. Hay cosas de mí que no sabés. Ni te das cuenta, pero ahora estoy drogado. Tomo merca dos o tres veces por día". Entonces lloró, él y su mandíbula incontrolable lloraron penas frente a una Yo piadosa, comprensiva, justificadora. "También estuve casado diez meses, cuando te había dicho que no. Te mentí. Sé que te perdí, sé que te perdí para siempre". Y mi Yo apenada lo consolaba, le pedía que no se angustie, que siempre iba a estar ahí para él, para cuidarlo, para hacerlo feliz. Entonces me escuché. Escuché el silencio del momento. Lo vi vulnerable y empaticé pero entendí. Entendí por qué estaba empatizando. Porque él me había hecho pasar por un dolor que vi reflejado en su rostro en ese preciso momento. Y estallé.
- Me enoja mucho esto. No merezco las mentiras.
- Vos también tenés tus cosas.
- Estamos hablando de vos, Matías.
- Sí, pero ya te pedí perdón. No me dejes.
- Me siento traicionada. 
 Dejó de llorar y volvió a adoptar la pose del superado que da un mínimo margen para asumirse equivocado y luego retorna al retruque.
- Bueno, ya está, ya pasó, te estoy pidiendo que no me dejes, dale. ¿Por qué tenés esa cara de violada?
 No aguanté el llanto, que en pocos minutos se volvió desconsolado.
- Porque lo fui. Por vos.
 Estalló en furia. Él y su mandíbula.
- Pero mirá lo que estás diciendo, inútil, violar es otra cosa. Estúpida de mierda. Callate la boca. Sos una pelotuda.
 Me quise ir.
- Siempre solucionás todo así, Fernanda, queriendo irte. Pero no te voy a dejar. Hablemos.
 Me perdí por segunda vez mi clase de taller literario. Eso que tanto amaba quedaba relegado a la voluntad de un manipulador. Lo que me definía y define como persona, lo que más amo hacer, mi lugar en el mundo, lo dejé en el olvido gracias a él y su afán por mantenerme atada, pase lo que pase. Después dormimos juntos. Mi psiquis tocó fondo.
 Finalmente, mamá encontró en la PC una conversación con él en la que me decía que no me deje llevar por las opiniones de mi familia, que íbamos a encontrar la manera de estar juntos. Se enojó conmigo, claro, y me volvió a castigar. Pero esta vez intervino mi papá, que tiene un primo policía, y me dijo que si el tipo se volvía a acercar a mí la iba a pasar fulero. 
 Igual no hizo falta que interviniera nadie más.
 Al día siguiente lo dejé como pude, por MSN. No quería hablar, no quería solucionar nada, sólo quería que desaparezca, que se borre de la faz de la tierra para que no pudiera lastimar a nadie más. 
- Basta, Matías, se terminó.
- No me dejes, Fer. Por favor, escuchame. Hablemos. Me voy a matar, te juro que me mato. Me mato sin vos. No me hagas esto. 
 Esa amenaza, esa sentencia fue lo que necesité en el momento para bloquearlo y empezar. Empezar finalmente a alejarme de todo aquello, del abuso, de los malos recuerdos, del vacío existencial que había dejado en mí su locura, su sed de poder. Seguramente hay varios episodios más que no recuerde. Es algo que hablo poco y nada, algo que poca gente sabe, pero la angustia de ver los testimonios que están circulando me abrió una vieja herida. Y me arrepiento de haberme callado. Y levanto mi voz y grito contra este sistema de mierda que responsabiliza o cuestiona a la víctima, que relativiza las denuncias. Contra el Estado que asume a la violencia de género como una problemática social sólo de palabra, porque en las comisarías se cagan de risa, más si sos pobre, más si no tenés pruebas físicas del hecho en sí. Contra la lógica de una sociedad (término abstracto, es cierto) que prefiere preguntarte por qué soportaste, por qué te metiste ahí, por qué estabas vestida así, por qué tomas alcohol, por qué no hablaste, por qué te insinuaste, en vez de preguntarse por qué cuesta tanto hacer justicia y cómo construir herramientas para que seres humanos como ellos no sufran más. 
 Preguntemos. Porque en cada rincón siempre hay alguien. Y de repente hay muchos álguienes que, transformando el dolor en impulso motor, saben lo que urge empezar a cambiar el mundo. 

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